Francisco Arias Solis
España
Es la hora
En esta cama donde el sueño es llanto,
no de reposo, sino de jornada,
nos ha llegado la alta noche. ¿El cuerpo
es la pregunta o la respuesta a tanta
dicha insegura? Tos pequeña y seca,
pulso que viene fresco ya y apaga
la vieja ceremonia de la carne
mientras no quedan gestos ni palabras
para volver a interpretar la escena
como noveles. Te amo. Es la hora mala
de la cruel cortesía. Tan presente
te tengo siempre que mi cuerpo acaba
en tu cuerpo moreno por el que una
vez más me pierdo, por el que mañana
me perderé. Como una guerra sin
héroe, como una paz sin alianzas,
ha pasado la noche. Y yo te amo.
Busco despojos, busco una medalla
rota, un trofeo vivo de este tiempo
que nos quieren robar. Estás cansada
y yo te amo. Es la hora. ¿Nuestra carne
será la recompensa, la metralla
que justifique tanta lucha pura
sin vencedores ni vencidos? Calla,
que yo te amo. Es la hora. Entra ya un trémulo
albor. Nunca la luz fue tan temprana.
Desnudo como la onda
Bajo el sol de la tarde
que hace desvanecerse sobre el río la sombra
de los álamos,
jugamos con el agua,
desgarramos el abrazo de las ondas
que se abrazan lo mismo que nosotros,
que se acarician infinitamente y arrastran hacia el
mar un beso
inagotable...
Y unas van perfumadas de azahar,
y otras van exhalando un perfume largo y verde,
y en todo el río
flotan inquietos los aromas estivales,
semejantes a mil pequeños espejos,
y yo abrazo tu cuerpo, desnudo como la onda, tu cuerpo
extraño como este olor a verde junco
y te beso en el agua lo mismo que a la luna
cuando deshoja sus fríos rosales sobre el río.
Las íntimas raíces
del deseo
Cuando ni siquiera esperaba tu regreso,
hecha luz en la carne,
encarnación de un sueño que del mundo
es memoria,
llegaste con sigilo. Desierta, clara
fijeza de unos ojos
donde la lejanía se mide por olvidos
semejantes al pan cuando florece.
Te acercaste como viene el asombro,
inerme, sin que apenas
el ruidillo de tus pasos turbase
la quietud que dormita en los espejos.
¿Regresabas acaso para hablarme
del inútil lamento y su progenie,
del mensaje inconcluso
que la vida dibuja al resbalar
sobre la cal ardida de estos muros?
Tu presencia es el bosque
donde el ciervo acorralado se interna.
Y las semillas del amor,
las íntimas raíces del deseo
en ti reconocieron su verdad inviolable,
hecha de la misma materia
-como tú, como yo, como la historia-,
de la sustancia oscura de los sueños.
Hoy quiero naufragar en el agua infinita de tu cuerpo
de hembra. Bésame,
muérdeme, incéndiame.
Amame esta noche
¡Qué amante
no será dichoso esta noche,
qué amante no tendrá esta noche su dicha,
su amor, su fiel amor contra su pecho!
Ese amante soy yo,
yo soy ese alma desolada entre la felicidad de los otros,
entre los dichosos suspiros y los oscuros abrazos
de los que pasan bajo la luna pisando la música
desgajada y caída sobre la tierra nocturna.
¡Ah! La flor del amor me ha sido negada.
¿Qué hago entonces aquí?
Mas la esperanza existe mientras vive el amor.
Amame esta noche, amor mío,
ámame y no rompas este corazón que te
pertenece
y cuya enfermedad tiene tu mismo nombre
y tu rostro y tu alma
y tu cuerpo y tu gracia y toda tu figura.
No habrá carteros
estelares.
Tengo en los ojos
una galaxia enamorada,
una estrella fugaz,
una sirena con cola de cometa.
Cuando te miro desde estos ojos
desde algún rincón del cielo
pareces un mapa estelar
donde yo navego sin rumbo ni razón
hasta tu seno planetario.
Te encontrarás en la mitad del mediocielo
deshaciendo lunas,
pintando eclipses infinitos,
nebulosas que tu corazón agita
y abriendo una puerta
hasta el fin del universo.
Para tu cuello te doy
los anillos de Saturno
y un perro fiel
para que ladre en el horóscopo
de tu alma misteriosa.
No habrá carteros estelares
ni palomas que puedan ascender hasta ti
con algún mensaje.
En este viaje imposible
beso a la noche y te recuerdo.
Estréchame en tus
brazos
¡Estréchame en tus brazos, amor mío,
estréchame!
pues ni el agua ni la brisa del mediodía
tienen la dulzura de tus manos.
Ni el sol, ni los rumores de los árboles
que crecen en la orilla del arroyo
tienen la dulzura de tus manos.
Ni el aire que refresca nuestros labios en las montañas
ni el glorioso azul de la tarde
tienen la dulzura de tus manos.
Ni el sueño, de mejillas doradas y roja boca
entreabierta al deseo; ni el deseo
desnudo y virginal tienen la dulzura de tus manos.
Estréchame por eso tiernamente,
besa, toca mi piel enrojecida por el sol de mayo,
oh amor, antes que el día desaparezca
como un suspiro en los manantiales
porque ni el cielo ni la tierra
tienen la dulzura de tus manos.
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