Marcelo Di Masi

Argentina

Dejaste estelas que dibujaron tu aura cuando tu cintura se echo a volar.
Tu luna resplandeciente cegó mi corazón amante.
¿De qué lejanías te escapabas?
Corrías como si huyeras del tiempo pasado.
Te disparaste como el rayo de Zeus, y ya no volví a verte.
Me costó años reaccionar. Fue un golpe mortal que jamás creí que fuera.
"Para toda la vida", habíamos dicho. Y la mentira nos envenenó el corazón.
¡No corras, mi amor!..., ya no corras que mi corazón está ciego y no puede seguirte.
¡Si vos lo vieras!..., palpita a destiempo. Como si se tropezara en sus propios latidos.
Fue la primera vez que yo veía llorar a un ciego...
¿Nunca viste eso?...
¡Lágrimas negras, mi amor!..., lágrimas negras...

 


 

Tocando el piano espera el ocaso,
al caer la tarde,
cuando por el pueblo pasa
silbando el último tren.
Dice que ese zumbido
le rompe los tímpanos.
Y a decir verdad,
se pone frenética cuando el tren
se oye pasar.
Dice que de chiquita que le pasa.
Y dan crédito de ello
los que la conocen de entonces.
Dice que detesta los trenes.
Y jamás nadie la ha visto
viajar en uno de ellos.
Dice que al caer la tarde
adora encerrarse sola
a tocar el piano
que algún día su madre le regaló.
Y no hay hombre alguno
que haya estado con ella
en esos momentos.
Al caer la tarde pasa por el pueblo
el último tren.
Dice que borra esos momentos
descargando su furia en el piano.
Y el vecindario se amontona a su puerta
al escuchar sus nocturnos.
Dicen las viejas vecinas
que ella tenía cuatro años
cuando su padre la violó.
Nadie oyó su llanto desgarrador.
Fue al caer la tarde,
cuando por el pueblo pasaba
silbando el último tren.


 

 

Cuando vuelva a pasar a tu lado,
querré que sea tan cerca
que casi te roce,
que sea tan cerca
que sienta el perfume de tu piel dorada,
no el de fragancias enfrascadas,
el perfume de tu piel,
el que quedara impregnado
si yo jugara en tu espalda
a lo cien besos del amor.
Cuando vuelva a pasar a tu lado,
querré que ese instante
se detenga en el tiempo,
que ese instante
perdure en mi ser,
saberme cubierto de glorias eternas:
del susurro de tu voz, del roce de tus manos,
de tus besos empapados de brisas matutinas,
de tu ardiente sexo candoroso entre mis labios,
¡ah..., si yo pudiera eternizar el momento!,
lo haría con un encanto suave...
como los pétalos frágiles del jazmín,
como el vuelo rasante de la gaviota sobre el mar,
como la suavidad de tu piel, deslizándose en mis manos...

 


Fue de cartas prolongadas
Que nació este amor tan dulce,
Porque fue como antes era
En los siglos precedentes,
Donde amor era pasión
Y no tiempo convivido,
En tu lecho frío y tenue
Me entregaste tu dulzura,
Asediada por un fuego
Que brotaba de tu adentro,
Y sentiste el cosquilleo
De un amor que huele a bello,
Que entre cartas fue creciendo
Y fue alzándose a la cima,
Para desplegar sus alas
Y expandir sus fantasías,
Fui robándote los sueños
Inventando ser tu amante,
Y entre algún poema tosco
Declaré lo que anhelaba:
Saborear tu sexo, nena,
Y ceñirme a tu cintura,
Acercarme a tus oídos
Susurrándote un te quiero,
Y besar tu tierno cuello
Descubriéndote los hombros;
Y fue allí que descubriste
Tu sostén de lila oscuro,
De tus senos derramaste
La miel pura del amor,
¡Néctar fue a mi paladar!
Y mi lengua ya endulzada
Suavemente acariciaba
Tus pezones tan erguidos,
Tan deseosos de pasión
Y de sexo enloquecido,
Una y dos y otra vez más
A mi boca los llevaba,
A mis ojos a mi frente, a mi rostro y a mis labios,
Tales ansias yo tenía, de gozar el poseerlos,
Y recuerdo que a tu pubis
Inclinaste mi cabeza,
Y al compás de bellos sones
Tus gemidos denotaban
Que un ardor te enloquecía,
Fui bebiéndome la lava
De un volcán que erosionaba,
Y entre arritmias y estertores
He gozado tus ardores,
Ya arrobada por el éxtasis
Zigzagueabas tus caderas,
Y agotada de placer
Has caído en el letargo
Del orgasmo más ardiente
Que jamás hayas tenido,
Y extenuado tu deseo
Me abrazaste y me besaste,
Saboreando de mis labios
El dulzor de tus adentros,
Ya bajabas con tu lengua
Tan perversa endemoniada,
Recorriendo el torso mío
Adornado de tus besos,
Ya llegabas a mi sexo
Que latía en desenfreno,
Y tu lengua lo envolvía
Y tus labios lo rozaban,
Te bebiste mi licor extasiando mis pasiones,
Y frotando entre tus tetas
Mi pasión enloquecida
Mis espasmos yo dejaba
En tu cuerpo floreciente,
Y en la calma del descanso
Del deseo satisfecho
Tu carita entre mi pecho
Y mis manos descansaba,
Fue al final con mis caricias
Que acudían a tu rostro,
Que se fue una tarde bella
Como nunca había tenido,
Hoy te encuentro en mi recuerdo
Y te extraño en mis ensueños,
Y aunque estés con tus amores
Y yo viva con los míos,
No será tan dulce y bello
Como aquella tarde nuestra.

   
Poemas
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