Marina
Un guardacaballo gigantesco se posa sobre el techo
de mi casa.
Sombra contra la luz y los cangrejos calientes
del cantil.
La frontera.
Más allá sólo existen la China
y el Japón (suelo decir) aunque en
verdad primero están los montes de coral. Y
antes todavía
una recua de islas verdinegras tan viejas y anodinas
como esta
misma orilla. Finisterre.
Las lizas argentadas y las lornas remontan las corrientes
del
desagüe. Y los pubis son agrios bajo el
peso de las moscas
zumbonas.
Banda del mar Pacífico que ninguno codicia.
Una casa rosada, sus
florones de yeso y un reloj.
Aquí estoy. En el límite exacto de
la tierra. Las ratas del cantil
y estas acacias abiertas por la sal.
Los cirros y los cúmulos rellenos vienen de
Pacasmayo y se
detienen en el aire del sur.
Vuela el guardacaballo sobre las olas. Se disuelve
el paisaje y los
navíos evitan esta costa imaginaria.
Nada resta. Ni siquiera la tristeza de habitar en
una piedra pómez
infinita, pastada por ovejas moribundas bajo
el último sol.
Nocturno
Vivo en una casa protegido
por mujeres pequeñas, alegres y benignas.
Fuera de eso, el aire es áspero y azul
(y malo para el asma).
Un abra entre las nubes y la tráquea
atrás del horizonte.
Inmóvil dentro y fuera del pulmón,
compacto y plano.
Las hormigas pululan a la luz de la luna
y sin destino.
Las aguas se retiran y nos privan
de todas las especies comestibles.
No tardes, Nora Elvira, amada y lenta.
Lenta mía y bucólica no tienes
ni siquiera la excusa
de algún verde pasado rural.
Réquiem (2)
i.m. Hans Stephan
No el muro lateral ni el cielo blanco,
los gorgojos al fondo
y la ruda tan densa. No al final
de todas las visiones.
No el gajo de limón en los pantanos
el tufo del carburo.
No el fofo bamboleo del mosquito
donde empieza la selva
y la gran confusión.
Más bien el rostro amado,
esos poros
pequeños, piel de playa
y brillos de salmuera en el poniente.
Un aire muy ligero, sin frituras,
la cama bien tendida,
las rodillas holgadas,
la manta leve y fresca.
Las uñas cortas de la mano amada
sobre el lomo en pavor de los rebaños.
Kyrie eleison
Christie eleison
Kyrie eleison.
Un ciervo azul y calmo como el hielo
sea certeza de la resurrección.
Para hacer el amor
(Este poema lo dedica
Illari.org especialmente a Jaime Almirall Suarez)
Para hacer el amor
debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de
la muchacha
tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se
achicharra
para hacer el amor.
Los pastos húmedos son mejores que los pastos
amarillos
pero la arena gruesa es mejor todavía.
Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni
cerca
de las aguas.
Poco reino es la cama para este buen amor.
Limpios los cuerpos han de ser como una gran pradera:
que ningún valle o monte quede oculto y los
amantes
podrán holgarse en todos sus caminos.
La oscuridad no guarda el buen amor.
El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo
como un techo
y entonces
la muchacha no vera el Dedo de Dios.
Los cuerpos discretos pero nunca en reposo,
los pulmones abiertos,
las frases cortas.
Es difícil hacer el amor pero se aprende.
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