Antonio Cisneros



 

Marina  

Un guardacaballo gigantesco se posa sobre el techo de mi casa.  
 Sombra contra la luz y los cangrejos calientes del cantil.  
 La frontera.  

Más allá sólo existen la China y el Japón (suelo decir) aunque en  
verdad primero están los montes de coral. Y antes todavía  

una recua de islas verdinegras tan viejas y anodinas como esta  
 misma orilla. Finisterre.  

Las lizas argentadas y las lornas remontan las corrientes del  
 desagüe. Y los pubis son agrios bajo el peso de las moscas  
 zumbonas.  

Banda del mar Pacífico que ninguno codicia. Una casa rosada, sus  
 florones de yeso y un reloj.  

Aquí estoy. En el límite exacto de la tierra. Las ratas del cantil  
 y estas acacias abiertas por la sal.  

Los cirros y los cúmulos rellenos vienen de Pacasmayo y se  
detienen en el aire del sur.  

Vuela el guardacaballo sobre las olas. Se disuelve el paisaje y los  
 navíos evitan esta costa imaginaria.  

Nada resta. Ni siquiera la tristeza de habitar en una piedra pómez  
 infinita, pastada por ovejas moribundas bajo el último sol.  






Nocturno  

Vivo en una casa protegido  
por mujeres pequeñas, alegres y benignas.  

Fuera de eso, el aire es áspero y azul  
(y malo para el asma).  

Un abra entre las nubes y la tráquea  
atrás del horizonte.  

Inmóvil dentro y fuera del pulmón,  
compacto y plano.  

Las hormigas pululan a la luz de la luna  
y sin destino.  

Las aguas se retiran y nos privan  
de todas las especies comestibles.  

No tardes, Nora Elvira, amada y lenta.  
Lenta mía y bucólica no tienes  

ni siquiera la excusa  
de algún verde pasado rural.  



Réquiem (2)  

                            i.m. Hans Stephan  

No el muro lateral ni el cielo blanco,
los gorgojos al fondo
y la ruda tan densa. No al final
de todas las visiones.
No el gajo de limón en los pantanos
el tufo del carburo.
No el fofo bamboleo del mosquito
donde empieza la selva
y la gran confusión.
Más bien el rostro amado,
esos poros
pequeños, piel de playa
y brillos de salmuera en el poniente.
Un aire muy ligero, sin frituras,
la cama bien tendida,
las rodillas holgadas,
la manta leve y fresca.
Las uñas cortas de la mano amada
sobre el lomo en pavor de los rebaños.
Kyrie eleison
Christie eleison
Kyrie eleison.
Un ciervo azul y calmo como el hielo
sea certeza de la resurrección.



Para hacer el amor 

(Este poema lo dedica Illari.org especialmente a Jaime Almirall Suarez)

Para hacer el amor
debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la muchacha
tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se achicharra
para hacer el amor.
Los pastos húmedos son mejores que los pastos amarillos
pero la arena gruesa es mejor todavía.
Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni cerca
    de las aguas.
Poco reino es la cama para este buen amor.
Limpios los cuerpos han de ser como una gran pradera:
que ningún valle o monte quede oculto y los amantes
podrán holgarse en todos sus caminos.
La oscuridad no guarda el buen amor.
El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo como un techo
y entonces
la muchacha no vera el Dedo de Dios.
Los cuerpos discretos pero nunca en reposo,
los pulmones abiertos,
las frases cortas.
Es difícil hacer el amor pero se aprende.

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