César Vallejo
Piedra Negra sobre
una Piedra Blanca
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy,me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...
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La violencia
de las horas
Todos han muerto. Murió doña Antonia,
la ronca, que hacía pan barato en el burgo.
Murió el cura Santiago, a quien placía
le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles
a todos, indistintamente: ¡"Buenos días,
José! ¡Buenos días, María!"
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando
un hijito de meses, que luego también murió,
a los ocho días de la madre.
Murió mi tía Albina, que solía
cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía
en los corredores, para Isidora, la criada de oficio,
la honrosísima mujer.
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo,
pero dormía al sol de la mañana, sentado
ante la puerta del hojalatero de la esquina.
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido
de un balazo de no se sabe quién.
Murió Lucas, mi cuñado en la paz
de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve
y no hay nadie en mi experiencia.
Murió en mi revólver mi madre, en
mi puño mi hermana y mi hermano en
mi víscera sangrienta, los tres ligados por
un género triste de tristeza, en el mes de
agosto de años sucesivos.
Murió el músico Méndez, alto
y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas
melancólicas, a cuyo articulado se
dormían las gallinas de mi barrio, mucho
antes de que el sol se fuese.
Murió mi eternidad y estoy velándola. |
Trilce
Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aún sin nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
-Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. -¿Esta? - No; su hermana.
-No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
-do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.
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Poema para ser leído
y cantado
Sé que hay una persona que me busca en su
mano, día y noche, encontrándome,
a cada minuto, en su calzado. ¿Ignora que
la noche está enterrada con espuelas detrás
de la cocina?
Sé que hay una persona compuesta de mis
partes, a la que integro cuando va mi talle cabalgando
en su exacta piedrecilla. ¿Ignora que a su
cofre no volverá moneda que salió
con su retrato?
Sé el dia, pero el sol se me ha escapado;
sé el acto universal que hizo en su cama
con ajena valor y esa agua tibia, cuya superficial
frecuencia es una mina. ¿Tan pequeña
es, acaso, esa persona, que hasta sus propio pies
así la pisan?
Un gato es el lindero entre ella y yo, al lado
mismo de su tasa de agua. La veo en las esquinas,
se abre y cierra su veste, antes palmera interrogante...
¿Qué podrá hacer sino cambiar
de llanto?
Pero me busca y busca. ¡Es una historia! |
Epístola a
los transeúntes
REANUDO mi día de conejo
mi noche de elefante en descanso.
Y, entre mi, digo:
ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros
éste es mi grato peso,
que me buscará abajo para pájaro
éste es mi brazo
que por su cuenta rehusó ser ala,
éstas son mis sagradas escrituras,
éstos mis alarmados campeones.
Lúgubre isla me alumbrará
continental,
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo
derrumbe
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.
Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
éste ha de ser mi estómago en que
cupo mi lámpara en pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los
tormentos del círculo en mis pasos,
éstos esos gusanos que el corazón
contó por unidades,
éste ha de ser mi cuerpo solidario
por el que vela el alma individual; éste
ha de ser
mi ombligo en que maté mis piojos natos,
ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.
En tanto, convulsiva, ásperamente
convalece mi freno,
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;
y, puesto que he existido entre dos potestades de
ladrillo,
convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios.
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Deshojación
sagrada
Luna! Corona de una testa inmensa,
que te vas deshojando en sombras gualdas!
Roja corona de un Jesús que piensa
trágicamente dulce de esmeraldas!
Luna! Alocado corazón celeste
¿por qué bogas así, dentro
de copa
llena de vino azul, hacia el oeste,
cual derrotada y dolorida popa?
Luna! Y a fuerza de volar en vano,
te holocaustas en ópalos dispersos:
tú eres tal vez mi corazón gitano
que vaga en el azul llorando versos!...
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POR entre mis propios dientes salgo
humeando,
dando voces, pujando,
bajándome los pantalones...
Vaca mi estómago, vaca mi yeyuno,
la miseria me saca por entre mis propios dientes,
cogido con un palito por el puño de la camisa.
Una piedra en que sentarme
¿no habrá ahora para mi?
Aún aquella piedra en que tropieza la mujer
que ha dado a luz,
la madre del cordero, la causa, la raíz,
¿ésa no habrá ahora para mi?
¡Siquiera aquella otra,
que ha pasado agachándose por mi alma!
Siquiera
la calcárida o la mala (humilde océano)
o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el
hombre
ésa dádmela ahora para mí!
Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un
insulto,
ésa dádmela ahora para mí!
Siquiera la torcida y coronada, en que resuena
solamente una vez el andar de las rectas conciencias,
o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva,
va a caer por sí misma,
en profesión de entraña verdadera,
¡ésa dádmela ahora para mí!
Un pedazo de pan, tampoco habrá para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de
ser,
pero dadme
una piedra en que sentarme,
pero dadme,
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme
en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse
y después me iré...
Halló una extraña forma, está
muy rota
y sucia mi camisa
y ya no tengo nada, esto es horrendo.
|
II
Tiempo Tiempo.
Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica
tiempo tiempo tiempo tiempo.
Era Era.
Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.
Mañana Mañana.
El reposo caliente aun de ser.
Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana.
Nombre Nombre.
¿Qué se llama cuanto eriza nos?
Se llama Lomismo que padece
nombre nombre nombre nombre.
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Entre el
dolor y el placer. . .
Entre el dolor y el placer
median tres criaturas, de las cuales la una mira
a un muro, la segunda usa de ánimo triste
y la tercera avanza de puntillas; pero, entre tú
y yo, sólo existen segundas criaturas.
Apoyándose en mi frente, el
día conviene en que, de veras, hay mucho
de exacto en el espacio; pero, si la dicha, que,
al fin, tiene un tamaño, principia, ¡ay!
por mi boca, ¿Quién me preguntará
por mi palabra?
Al sentido instantáneo de la
eternidad corresponde este encuentro investido de
hilo negro, pero a tu despedida temporal, tan sólo
corresponde lo inmutable, tu criatura, el alma,
mi palabra.
Epístola a los Transeúntes
< REANUDO mi día de conejo
mi noche de elefante en descanso.
Y, entre mi, digo:
ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros
éste es mi grato peso,
que me buscará abajo para pájaro
éste es mi brazo
que por su cuenta rehusó ser ala,
éstas son mis sagradas escrituras,
éstos mis alarmados campeñones.
Lúgubre isla me alumbrará continental,
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.
Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos,
éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
éste ha de ser mi cuerpo solidario
por el que vela el alma individual; éste ha de ser
mi hombligo en que maté mis piojos natos,
ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.
En tanto, convulsiva, ásperamente
convalece mi freno,
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;
y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo,
convalesco yo mismo, sonriendo de mis labios.
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